Mar11122018

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Opinión

Comercio con encanto

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CaballonSon los de toda la vida... Comercios "con encanto" o comercios encantadores.

Encantador era para los niños aquel "caballón" que vestía el alto escaparate de la guarnicionería de Recalde. Era un recurso fantástico para mi abuelo llevarme a ver aquel caballo que por muy disecado que estuviera, tenía vida, porque sus ojos eran de verdad por mucho de que nos quisieran convencer de que no era así.

Eran comercios que conseguían que las familias se pararan en sus escaparates en un alarde de marketing de otras décadas. En la calle ancha, había un escaparate lleno de pollitos que se hacinaban entre virutas de madera. Calentitos, blandos, suaves... a la luz de un bombilla roja de la que podíamos percibir el calor desde la calle.

¡Una de rabas!

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Rabas¡Camarero! ... ¡Una de rabas!

¡Qué frase más fantástica! Familia, domingo, sol, ambiente... Broche de la mañana festiva ideal. Sin duda, las rabas constituían nuestro vínculo infantil con el mundo de "la otra vida", la que es más cara, la de los "vividores". Las rabas eran un lujo. No eran para todos los días y ni tan siquiera para todos los domingos.

Tenían dos funciones. La primera y puramente gastronómica de hacernos disfrutar de un manjar de Dioses. La segunda, conseguir que aprendiéramos a dividir sin quererlo. Y es que era sin duda, antes de posar el plato, cuando los niños ya sabíamos a cuántas tocaba cada uno. Disculpen, pero ignoro el mecanismo cerebral, psicológico o patológico, que permitía ese proceso cognitivo.

Yo destacaría por encima de todas las del casino de Solvay, en Barreda. Junto a estas, y sin duda, las del Bar Central y Las Ruedas. Cualquiera de las tres en la línea de "enfundado" más que de rebozado en harina. Ese enfundado, bien manejado, aporta un nivel de "aceitillo" que provoca el olvido instantáneo de cualquier problema de colesterol, por muy reciente que se haya producido la detección. Un recuerdo a las "rabas de tierra" de Las Ruedas a las que los maestros de Mastercheff han dado en llamar "témpura tibia de pigmentum patronis".

De entre las rebozadas yo destacaría las del Bar Torrelavega, y especialmente por la textura del cefalópodo. Dicen los expertos, que el amigo Santa las deja reposar en leche y de ahí su suavidad, compostura y humildad maternal.

Las rabas constituyen el aperitivo que mejor se anuncia. Para percibir el olor a rabas, no hace falta ni acercarse. Solo hace falta que sea domingo por la mañana y que haga sol. Esa es su mayor virtud. Su peor defecto: siempre son pocas.

Otro grupo importante de aperitivos de nuestra infancia lo constituyen los encurtidos, y entre ellos las aceitunas. No eres niño, si no te gustan las aceitunas. Pensemos en sus procesos de sofisticación que se iniciaron quitándolas el hueso. Posteriormente las rellenaron. Y hoy en día, no son nada si no han sido convenientemente aliñadas con ajo, cebolla, comino, perejil... al más puro estilo español.

La aceituna siempre buscó compañeros de viaje: guindillas y anchoas para convertirse en "gildas" como las del Cabrero y el Chema. Pepinillo, pedacito de guindilla, cebolleta y pimiento rojo, para convertirse en "torera", como las de Las Picas, y para seguir con la esencia española. ¿Será verdad que el título de "Gilda" proviene del personaje de Rita Hayworth, o en su esencia española provendrá de Las Hermanas Gilda del Gran Vázquez? Una cosa es cierta: y es que la aceituna que se precia, se apellida "La Española", y además, es sin duda una aceituna como ninguna...

El paso de los años, nos llevó a la sofisticación máxima, y ahí nacieron los más que famosos "canapés del Urbanos" de los que ya hemos hablado en anteriores entregas. Perfecta estética de orden, color y contraste. Difícil elección, y peor contención... Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos dicho esa famosa frase: "...un día, voy a coger mil pesetas, y me voy a comer todos los canapés de los que sea capaz...". Eso era cuando estábamos en nuestro peso, y por supuesto, cuando mil pesetas eran mil pesetas.

Fue una saga la que los confeccionaba mañana tras mañana. Eran y son los canapés del insomnio porque nunca duermen. Son como el buen pan: ¡siempre del día!. Cada mañana el mismo esmero, el mismo cariño, el amor por las cosas bien hechas. Sin cariño, sin esmero y sin amor, sería imposible conseguir esa sinfonía de orden, color y sabores.

Es curioso la cantidad de veces que recurrimos al término "esmero" cuando hablamos con nostalgia de las cosas que recordamos. Dice el Diccionario de la RAE que el esmero es el "sumo cuidado y atención diligente en hacer las cosas con perfección"... Casi nada hoy en día, donde solo se habla de productividad, competitividad, rentabilidad... Nosotros, hablamos, escribimos, leemos y evocamos la nostalgia e ineludiblemente al "esmero" de aquellos años, de aquellos bares, de aquellas sagas...

El primer beso

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PrimerBeso

Podría llenar esta entrega de tópicos. El sabor del primer beso, las hormigas en el estómago, escondiéndonos en un portal... pero como el lector puede observar, parece que tan solo buscamos el título de una película de Summers, de un libro de Martín Vigil, o de una canción de Los Pecos.

Y es que en realidad la vida salía al encuentro. O quizá mejor... nos encontrábamos con la vida, porque era ella la que nos asaltaba cada día con una novedad, y aquel día especialmente, cuando descubrimos a "las chavalas" (el autor solicita la licencia para que el término "las chavalas" sea leído en su contexto, y no pueda ser tachado ni de ordinario, ni de machista).

Mi primer recuerdo de "las chavalas" se ubicaba temporalmente en los doce años, y espacialmente en la Plaza Mayor. Se trataba de jugar al "pescar" y quedarse a vigilar. Digamos que se producía el primer contacto con la solidaridad masculina, y se trazaba un perfecto plan para que "la chavala" fuera pescada mientras que el sujeto activo cumplía su turno de vigilar. El resto del equipo masculino, demoraría en la medida de lo posible, el hacer una nueva prisionera. Digamos que se trataba de una gestión bélica de la intimidad.

A partir de ahí, descubrías quizá todo lo más inocente de la relación entre un hombre y una mujer. Como miraba, como sonreía, como se explicaba... Y te fascinaba. Hasta entonces solo te habías sentido fascinado por las historias de tus amigos más mayores, por alguna bicicleta, o por alguna película... Ahora, te fascinaba una mirada, una sonrisa o un gesto. ¿Qué me está pasando?

El siguiente salto, tenía que ser "el-pri-mer-be-so"... y eso, en Torrelavega, y mediados los años 70', pasaba necesariamente en el parque. El Parque de Don Manuel Barquín, tenía dos zonas perfectamente diferenciadas: la que limitaba con el parque infantil, y la que estaba presidida por el busto de... curioso, nunca supe quien era la persona representada en ese busto. Bueno, llamémosla la "zona del primer beso". Más oscura, más íntima, menos vigilada...

El primer beso era el banderazo de salida. Digamos que constituía una licencia tácita para poder acceder al mundo del ligoteo. Acababas de ser gratificado con un papel en el nuevo capítulo que empezaba en tu vida.

Era importante poder contarlo. Aunque el propósito era firme de solo contárselo a los que eran tus mejores amigos, y aún a pesar de habérselo prometido a la protagonista femenina, al final se lo contabas a todo el que podías, porque era un valor adquirido en tu vida del que necesariamente tenías que presumir. Del conjunto de personas que configura el concepto "todo el que podías", por supuesto, extraías a tus padres, ya que un inexplicable pudor, probablemente fruto de nuestra educación, impedía de raíz, hablar con tus padres de tus amoríos, y más aún de la constatación de tu primer beso.

Al legar al Bachillerato, entonces BUP, y en conexión con la instrumentación de los recursos financieros de los viajes de estudios, aparecía un nuevo hábitat para el desarrollo de las artes del ligoteo: las discotecas. Horas y horas en el Saja, en el Regio, en el Matius, y en el local de la OJE y sus fiestas. También la Sala Altamira.

Horas y horas esperando aquel momento mágico, en que se "bajaban las luces", y empezaba a sonar "Stay" de Jackson Brown, "El Jardín Prohibido" de Sandro Giacobe o "Como dos niños" del grupo Collage. Cuidado con "Bella sin alma" de Manolo Otero, y mucho más cuidado aún con "Je t´aime moi non plus" de Jane Birkin... Nunca lo dudé: era pecado escuchar esa canción; bailarla era una bendición.

Se trataba de, mirando el reloj, saber que se acercaba el cambio de música. Entonces, había que localizar a la chica para no correr el riesgo de que nadie se adelantara. Acercarse y preguntar: "¿Bailas?". Lo juro. Solo con ver la cara de ella (cuando se veía), ya sabías si el baile iba a ser fructífero o no. Después, todo pasaba por arrimar la cara, y si ella también la arrimaba, entonces todo era cuestión de "apretar" un poco. Todo ello, y necesito que los más jóvenes me creáis, envuelto en un halo de nervios, emoción, ilusión y de verdad, mucha candidez. Tengo un recuerdo muy agradable de aquellos momentos.

A partir de ahí, lo siguiente era "echarse novia", intentar alejarse lo menos posible de los amigotes, días de cine, de pipas y de paseos. Hacernos mayores. Pero éramos muy felices. El resto, ya lo conocéis. Mi maravilloso ídolo Joaquín Sabina, acabaría esta entrega con su frase: "algunos matrimonios acaban bien; otros duran toda la vida..." Puro sarcasmo de hoy en día. Pero aquello... aquello... era distinto.

A tomar el blanco...

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CabreroTan Importante para un torrelaveguense es haber nacido en Torrelavega, como "tomar el blanco". En otros sitios se llama "tomar el vermut" o "tomar el aperitivo", pero en Torrelavega, la tradición, el arraigo y lo realmente importante para fomentar la amistad, es "tomar el blanco". Aunque tomes otra cosa.

Servidor tiene el orgullo de haber nacido en Bilbao, pero su arraigo torrelaveguense le obliga a buscar una justificación documental suficiente para ostentar la condición de torrelaveguense, y esa condición no es otra que su afición persistente, constante y perseverante en cumplir con este rito. Esperar que llegue el sábado, que dé la una en el reloj, y acercarse al Chema, al Cabrero... eso es... ¡lo mejor de la semana!.

Siempre he defendido que al contrario que opinan algunos, Torrelavega tiene las ventajas de una ciudad (casi, casi, es como Guasintón, tiene iglesia, casa de citas y frontón...), y las ventajas de un pueblo, y a la hora de "tomar el blanco" es esa la ventaja que tienes: salgas cuando salgas, vayas donde vayas o haga el tiempo que haga, siempre vas a encontrar alguien con quien "tomar el blanco". Si además, lo que encuentras y a quien te unes es más o menos una cuadrilla, echa la cuenta que te darán las cinco. Después, y sin remedio, una siesta pastosa hasta la hora de irse a la cama.

De esta forma, los bares de Torrelavega siempre se clasificaron por su blanco. Fueron y son locales de culto a los Blancos de la Nava, el Cabrero, el Chema y el Escudo por excelencia. El Veracruz, el antiguo Udías, el Gimnástica, el Fin de Campuzano y el Portugal, por tradición e historia. Blancos de la Nava, vinos humildes que reposados en una buena solera, se convierten irremisiblemente en "Blanco de Solera", adquiriendo no solo aromas de tradición y madera, sino categoría de vino de sumiller. Sin quererlo, en silencio, y con mucho arraigo. Porque hay veces en las que los torrelaveguenses pensamos que hay que ser de Torrelavega para entender ese vino; para entender esa sucesión de conceptos como humildad, tradición, arraigo y SOLERA.

Cabezón dicen que es; y lo es. Que parece que raspa; y raspa. Que es seco, que no es afrutado, que no es fresco, que parece que está remontado... Va, va, va... es el Blanco de Torrelavega, y si eres de Torrelavega, ese es tu vino por la mañana. ¿O no?.

Y durante años fuimos capaces de beberlo "a pelo". Las tapas son inventos nuevos. Casi, casi del siglo XXI. Otra cosa era "picar algo" a la hora del blanco, pero ese apartado de canapés, rabas o patatas fritas, lo dejaremos para otra entrega, porque se lo merecen.

Comparten arraigo, horario y apellido, los vermuts también "de solera". Una mención especial para los zurracapotes del Davalillo, hoy "La Claraboya" de Morillo.

Marcaron una época las "manzanillas" que desde la ribera del Guadalquivir se instalaron hace treinta años, en la zona del Bar Central, Izaskum o Urbanos. Eso sí, por la tarde, a última hora. Torrelavega siempre gestionando originalidad y rompiendo ortodoxias. Si un buen gaditano se hubiera llegado a enterar del horario en que su manzanilla triunfaba en Torrelavega, probablemente nos hubieran desheredado de por vida.

Pero siempre nos acordamos en estas entregas, de cuando... "éramos pequeños"... Pues bien: ¡cómo no vamos a hablar del mosto! Maravilloso, fresco, dulce, siempre escaso... ¿a que sí? Libre de alcohol, ideal para los niños, para las niñas, y para las mamás del siglo pasado. Con su rodaja de naranja, con su guinda, o con dos: una verde y una roja... como los semáforos. Aquellos mostos y sus colores, se adelantaron sin quererlo, a la máxima que nos c@ntaba Stevie Wonder: "si bebes, no conduzcas".Tan Importante para un torrelaveguense es haber nacido en Torrelavega, como "tomar el blanco". En otros sitios se llama "tomar el vermut" o "tomar el aperitivo", pero en Torrelavega, la tradición, el arraigo y lo realmente importante para fomentar la amistad, es "tomar el blanco". Aunque tomes otra cosa.

Servidor tiene el orgullo de haber nacido en Bilbao, pero su arraigo torrelaveguense le obliga a buscar una justificación documental suficiente para ostentar la condición de torrelaveguense, y esa condición no es otra que su afición persistente, constante y perseverante en cumplir con este rito. Esperar que llegue el sábado, que dé la una en el reloj, y acercarse al Chema, al Cabrero... eso es... ¡lo mejor de la semana!.

Siempre he defendido que al contrario que opinan algunos, Torrelavega tiene las ventajas de una ciudad (casi, casi, es como Guasintón, tiene iglesia, casa de citas y frontón...), y las ventajas de un pueblo, y a la hora de "tomar el blanco" es esa la ventaja que tienes: salgas cuando salgas, vayas donde vayas o haga el tiempo que haga, siempre vas a encontrar alguien con quien "tomar el blanco". Si además, lo que encuentras y a quien te unes es más o menos una cuadrilla, echa la cuenta que te darán las cinco. Después, y sin remedio, una siesta pastosa hasta la hora de irse a la cama.

De esta forma, los bares de Torrelavega siempre se clasificaron por su blanco. Fueron y son locales de culto a los Blancos de la Nava, el Cabrero, el Chema y el Escudo por excelencia. El Veracruz, el antiguo Udías, el Gimnástica, el Fin de Campuzano y el Portugal, por tradición e historia. Blancos de la Nava, vinos humildes que reposados en una buena solera, se convierten irremisiblemente en "Blanco de Solera", adquiriendo no solo aromas de tradición y madera, sino categoría de vino de sumiller. Sin quererlo, en silencio, y con mucho arraigo. Porque hay veces en las que los torrelaveguenses pensamos que hay que ser de Torrelavega para entender ese vino; para entender esa sucesión de conceptos como humildad, tradición, arraigo y SOLERA.

Cabezón dicen que es; y lo es. Que parece que raspa; y raspa. Que es seco, que no es afrutado, que no es fresco, que parece que está remontado... Va, va, va... es el Blanco de Torrelavega, y si eres de Torrelavega, ese es tu vino por la mañana. ¿O no?.

Y durante años fuimos capaces de beberlo "a pelo". Las tapas son inventos nuevos. Casi, casi del siglo XXI. Otra cosa era "picar algo" a la hora del blanco, pero ese apartado de canapés, rabas o patatas fritas, lo dejaremos para otra entrega, porque se lo merecen.

Comparten arraigo, horario y apellido, los vermuts también "de solera". Una mención especial para los zurracapotes del Davalillo, hoy "La Claraboya" de Morillo.

Marcaron una época las "manzanillas" que desde la ribera del Guadalquivir se instalaron hace treinta años, en la zona del Bar Central, Izaskum o Urbanos. Eso sí, por la tarde, a última hora. Torrelavega siempre gestionando originalidad y rompiendo ortodoxias. Si un buen gaditano se hubiera llegado a enterar del horario en que su manzanilla triunfaba en Torrelavega, probablemente nos hubieran desheredado de por vida.

Pero siempre nos acordamos en estas entregas, de cuando... "éramos pequeños"... Pues bien: ¡cómo no vamos a hablar del mosto! Maravilloso, fresco, dulce, siempre escaso... ¿a que sí? Libre de alcohol, ideal para los niños, para las niñas, y para las mamás del siglo pasado. Con su rodaja de naranja, con su guinda, o con dos: una verde y una roja... como los semáforos. Aquellos mostos y sus colores, se adelantaron sin quererlo, a la máxima que nos c@ntaba Stevie Wonder: "si bebes, no conduzcas".

(Dedicado a mis amigos Tato y Manolín)

Undécimo poder

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Bloque

En nuestra evoluión de chavales, vimos cómo diversos intereses se nos iban aparejando para hacernos sentir cada vez más mayores. Se ponían a nuestro lado, caminaban a nuestro mismo paso, y se incorporaban a nuestro mundo con la misma fuerza que nuestra barba.

Estos intereses compartían muchas circunstancias. Nunca nos importaron; aparecieron de pronto y nos sorprendieron; aunque nos resistimos a ellos, al final triunfaban, y se convertían en lo más importante de nuestras vidas. En realidad no era así. Simplemente se convertían en lo más importante de aquel momento. Nuestras vidas eran otra cosa.

Pero... que sean americanos...

Valoración del Usuario:  / 3

Levis

No éramos todos iguales. Y además, éramos asquerosamente pijos, progres, y horteras.

Y me explico. Después de épocas de postguerra, nuestra generación y quizá aún más alguna anterior pero muy próxima a la nuestra, empezábamos a acomodarnos en una sociedad económicamente más relajada, y como tal, la ropa y la forma de vestirnos comenzaba a tener una cierta preponderancia en nuestra vida. "Una cierta", no. Mucha.

Y ya lo dije en la primera frase de esta entrega: pijos, progres y horteras. Curiosamente, aunque cada uno nos hubiéramos encasillado en alguno de estos tres grupos, todos hemos pasado en algún momento, y en mayor o menor grado, por cada uno de ellos. No es menos cierto, que el grado de consciencia tampoco es el mismo, ya que el que quería ser pijo lo era, el que quería ser progre lo era, pero al hortera le venía impuesto por sus circunstancias. Es decir: nadie es hortera porque quiera serlo, sino más bien y en aquellos años, por una maldita abducción de Tony Manero y las discotecas, en su vida.

Hace a los niños gigantes

Valoración del Usuario:  / 9

Yogur
Fue el guiño de los productos lácteos a las nuevas generaciones. "La Leche Collantes, hace a los niños gigantes".

Lo prometí en la entrega de Diciembre, y aquí estamos. Después de ver que es lo "que había", ahora vamos a reflexionar sobre "lo que no había"; y lo que no había era mucho.

Dicen que estas generaciones son mucho más altas que lo que éramos nosotros, y la creencia popular opina, sin duda, que los yogures han sido quienes lo han fomentado. De ahí el motivo de la foto que ilustra la entrega. A lo más que llegamos, fue a oír que existía un electrodoméstico que se llamaba "yogurtera", pero que a mi casa no llegó. Tampoco me importa. No soy un fanático de los yogures, por un argumento tan fácil, como que se pueden comer caducados (dice el ministro), y es que el yogurt es ya un producto caducado, porque para mí, es leche... "estropeada"... Comparto muchas cosas con D. Carlos Herrera, pero el poco cariño hacia los yogures, es una de ellas.

¡Enchufa el askar!

Valoración del Usuario:  / 2

Askar

No se había inventado el "zapping". O mejor dicho: no se habían inventado "los canales" de televisión, y como solo había "la uno" y el "uhf" y en ésta segunda cadena no había anuncios, pues no había "zapping".

Esta circunstancia, hacía que en nuestra infancia que es exactamente cuando "la tele" llegó, los anuncios tuvieran una relevancia significativa de nuestras horas delante de la pequeña pantalla. Nos los sabíamos de memoria, y al contrario que ahora, donde la música de un anuncio se saca de un tema ya existente, entonces era el anuncio el que aportaba la música a nuestro devenir cotidiano. A modo de ejemplo:

Porque son Magos...

Valoración del Usuario:  / 2

Reyes
¿Cómo es posible que entren en todas las casas del mundo en una noche? Y nada... que no me puedo dormir...

Puestos a escribir de nostalgia de nuestra infancia, la Noche de Reyes se tiene que llevar la palma; sin duda.

Nunca llegaba el día, y además, cuando llegaba se marchaba muy rápido. Había que volver al "cole". La Noche de Reyes es sin duda una noche mágica llena de sensaciones tan intensas, que aunque los años las vayan borrando, algunas siempre permanecen. La mía era y sigue siendo, la de asomarme a la ventana y pensar que en todas las casas está sucediendo algo mágico.