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La lata de los botones

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Colacao


Este Título no es sincero.

En cada casa, la lata de los botones no era en realidad tal, sino que era una lata de Colacao. En otras era la de la costura, o la de las fotos, incluso la de las medicinas. Pero lo que es cierto es que las latas de Colacao formaban parte del paisaje de nuestras casas.

Entonces, había ciertos productos que podían considerarse como incuestionables; y el Colacao era uno de ellos. Posteriormente, llegaron los paquetes de cacao que decían "puro", como el Cacao AMA, al que había que echarle azúcar y además se deshacía muy mal. Y es que el Colacao era perfecto. Creo que todos tenemos esa imagen en la que estábamos desayunando cada mañana, con esa sensación de estar destemplado de las jornadas escolares del invierno, enfrente del "tazón de sopas", y viendo los dibujos de la lata. La señora de la lata de la fotografía que adjunto, era la madre ideal; sin duda. Otras veces eran unos "negritos" que porteaban el cacao. Quizá hoy en día, la ilustración de aquella lata hubiera sido objeto de tertulia radiofónica por su componente poco tolerante, con ciertos toques racistas.

El "Pegamento Imedio" y el "Supergen", eran otros de esos productos incuestionables. La disquisición únicamente se planteaba entre qué es lo que necesitabas pegar, pero los productos era únicos. Se trataba de una situación monopolística pero involuntaria. Me explico: "... es que no había más..."

El material escolar, entonces conocido como "lo-que-ha-bía-que-lle-var-al-co-le", era otro ejemplo claro. Los bolígrafos eran BIC pero aún no eran como los de ahora. Eran Bic de caperucha y escribían de maravilla. Los lapiceros eran entonces "los lápices" y no tenían marca; simplemente los había duros y blandos. Las gomas no tenían discusión: tenían que ser de MILÁN, y la opción era solo la del color, aunque en cierto momento salieron al mercado unas muy grandes que no se compraban; las traían Los Reyes. Sin duda, el día que hablemos de los olores, volveremos a hablar de las gomas que llamábamos "de nata".

¿Y las pinturas? No le deis vuelta. Solo había las cajas de Alpino; ni ceras, ni rotuladores... solo pinturas. La discusión en este caso, era si la caja de 6, que era la que incluía el presupuesto familiar; la de 12, que era la que traían Los Reyes también; o la de 24, que era la del regalo de la Comunión donde iban metidas en una maravillosa caja de hojalata perfectamente ilustrada con su dibujo del paisaje alpino. A todas ellas les daba la vida el sacapuntas; el del presupuesto familiar de plástico, y el de Reyes metálico. En la Comunión, podía haber uno de esos de los que tenían un depósito de virutas.

Las medicinas también formaban parte del paisaje de cada casa. En la mía, el paquete de "optalidón" estaba siempre presente. Mi abuelo no empezaba el día si no se tomaba dos optalidones; otros necesitaba dos orujos, y creo que el proceso fisiológico no era muy distinto. No se conocía ni el Ibuprofeno, ni el Paracetamol. Solo el ácido acetil salicílico... coño! La Aspirina! Y era genial; valía para todo.

Los jarabes también tenían su apartado especial. Recuerdo el Rinomicine, que aunque no valía para todo, lo hacía para mucho porque lo que tenías era catarro, sin distinguir las vías altas o las bajas, porque entonces las vías no eran más que un sitio donde se iba a jugar.

El Rinomicine sabía a diablos, y quizá por eso evolucionó en Rinomicine Gragéas. Buscando la evolución también, llegó el Bisolvón, al que intentaron darle una imagen de néctar de cerezas, que no... que no funcionó, porque también sabía a diablos.

Pero todas las medicinas valían con tal de que no tuviera que venir Sellers... "El Practicante". Esperando en la cama a que sonara el timbre de la puerta, sumido en la peor de las angustias, oías como tus padres le saludaban e iban directamente a la cocina; a hervir las jeringuillas y las agujas. Eran tus últimos minutos de reposo. Pronto El Practicante, caminaría por el pasillo en busca de "tu culo" sin compasión alguna. Llegaba precedido del olor a alcohol, "de 96, de lo de las inyecciones"... qué horror!!!!

También recuerdo lo útil que resultaba la bombilla de la lámpara de la mesilla, para alargar los días de cama y evitar el cole; pero con cuidado, "que revienta"... Lo que nunca sabré es si el doctor Becerro y mi madre se lo creían, o realmente "colaba" la estrategia. Pero los años pasan, la vida sigue, y ni el doctor Becerro me lo puede confirmar, ni mi madre nunca me lo dijo. Solo recuerdo, que fue mi primer contacto con "la corrupción", entendida como tal...