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¡Que se va la leche!

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Lechero

Y se iba. Cuando éramos niños, la leche no venía en brick, ni en botella, sino que llegaba a casa a granel y la traía el lechero. Luego había que hervirla, y siempre "se iba". La bronca era irremediable por dejar que la leche "se fuera".

Cuando éramos niños, había algunos personajes que eran... "como de la familia". Exactamente así. Y uno de ellos era el lechero. Llegaba todos los días a la misma hora, eso sí: excepto los domingos. Y sin quererlo se convertía en el despertador de la familia porque había que abrirle la puerta, y acercarle el cacharro para que nos dejara la medida estándar de nuestro consumo diario.

Resultado de comprar la leche al señor lechero, además de su calidad, era el disponer siempre en la nevera de una tacita con "las natas". Aquellas natas daban mucho juego; desde los bizcochos que hacían nuestras madres o los bocadillos donde las arreglábamos con azúcar, hasta vestir de auténtico lujo a las fresas (a aquellas fresas de entonces irrepetibles ahora), y sobre todo los ataques furtivos de nuestro dedo índice a escondidas y en voz baja...

Si la leche en su momento de ponerla a hervir se agarraba, el gusto a quemado se repartía de forma discrepante entre los miembros de la familia: para algunos se convertía en imposible de ser ingerida y para otros ese gusto resquemado mejoraba de largo el grato, cálido y agradable sabor del arroz con leche.

 

Sin embargo, frente al lechero y su condición de despertador familiar, el panadero (que también era como de la familia) tenía menos contacto con sus miembros. Todo porque fundamentalmente era muy madrugador, ya que el pan entonces vestía todos los desayunos. Bien fuera fresco del día con mantequilla, o tostado por ser de la víspera y con Natacha. Y como madrugaba, las familias inventamos un artilugio que sorprendiendo por su sencillez, decoraba la parte posterior de la puerta de la cocina por el día, y la puerta de la calle por la noche y en la madrugada. Era la bolsa del pan, humilde, limpia, y con un digno sustrato de migas resecas y duras en su interior. Y siempre lo mismo: "una barra de gallofa, y una libra...".

Si por circunstancias variaba la dosificación del pedido, un papelito con un imperdible en un sitio visible de la bolsa servía para cursar el pedido "just on time", incluso cuando lo escrito decía: "no deje el pan hasta el día 18, que nos vamos de vacaciones...".

Era una frase hecha cuando nuestros padres estaban en la cama, oír la pregunta: "¿has sacado la bolsa del pan?"... y cuando uno de los dos preguntaba eso, era seguro que no la había sacado y entonces se hacía patente el correspondiente comentario de cabreo supino. Tampoco pasaba nada, porque el panadero era tan "como de la familia" que no tenía ninguna duda de que se trataba de un olvido, y todo se resolvía con tanta facilidad como dejar el pedido de nuestra casa, en la bolsa de la vecina. Porque entonces, todos los vecinos teníamos el mismo panadero aún a pesar de que no se conocían conceptos tan actuales como la logística y las sinergias.

Otro personaje que era como de la familia, era "el portero" o "la portera"... ¡o los dos! Eran como la Puerta de Alcalá, solo que además de ver pasar el tiempo, veían pasar a las familias, y conocían los entresijos de nuestras casas con tanto detalle, que su condición de miembro de la familia se formulaba de manera automática y en defensa de nuestra propia intimidad, que entonces era muy limitada. El portero era un personaje absolutamente multifunción, y hombre para todo, aunque generalmente los niños éramos un inconveniente para él. Ensuciábamos, rompíamos cristales, pintarrajeábamos en el ascensor y disfrutábamos mucho (pero mucho mucho) haciéndole rabiar sin compasión; con esa crueldad inconsciente de los niños.

También era como de la familia aunque de forma inanimada, aquella virgen encerrada en una pequeña urna con un alojamiento para limosnas, que pasaba semanas en cada casa de cada vecino, en un criterio de reparto tan riguroso como el del cuidado de los abuelos.

Era irremediable. Aquella Virgen siempre aparecía en casa "cuando le tocaba", y presidía impertérrita, el taquillón que vestía el hall de casa. Así durante los quince días que le correspondían, y escuchando, participando y contemplando la cotidianidad de la vida de las familias. Y en el día dieciseisavo, todo el mundo sabía que esa Virgen tenía que cambiar de familia, que no de domicilio, porque en aquellos años estar la casa de tus vecinos era exactamente igual que estar en la tuya, porque todo era distinto, y sin duda y en lo que se refiere a estas vivencias, mejor.