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Qué buenos son... que nos llevan de excursión

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Casanova

Para ser conductor de primera...

No todo iba a ser sufrir en el colegio. Algunas veces, hasta nos llevaban de excursión. Y la víspera no dormíamos. Aquello era de las mejores cosas que nos podían suceder, aunque nos llevaran a Villacarriedo. Pero aquello era un compendio de actividades extraordinarias, que sucedían muy pocas veces, y que alrededor de la excursión pasaban todas en el mismo día. Montar en autobús, preparar la comida y la mochila, comer fuera de casa (aunque ese "fuera" solamente guarde correspondencia con el mero espacio físico a la intemperie), ocupar el día entero, conocer sitios nuevos... Aunque ir de excursión no siempre significaba ir lejos, ni en autobús, porque en aquellos años, íbamos de excursión al malecón; si, si... ¡donde el campo de fútbol! Y para eso, preparábamos merienda (bueno, merienda... pan con chocolate).

 

Pero yo recuerdo con intensidad las excursiones del colegio, y por poner nombre a alguna, lo más que llego es a la de Villacarriedo, y a la de Cóbreces. Estos destinos, hoy, y para nuestros hijos, resultan cuando menos grotescos. Pero ya entonces, nuestra generación estaba inventando el concepto de "low cost", porque si no era aquello "low cost", que venga Dios y lo vea.

Todo empezaba con un buen madrugón para preparar el equipamiento de "alto rendimiento": unas chirucas, una gorra (entonces no había viseras; había gorras), y la cantimplora de zinc forrada de fieltro verde gastado. Madrugar para coger el autobús, porque entonces, llegar a cualquier sitio llevaba tiempo. Aquel autobús, con el motor arrancado desde hacía una hora "para hacer aire" (para los frenos), despidiendo un olor infernal a gasóleo quemado, que yo creo que era el principal causante de los mareos y vomitonas de algunos. Buenos días al chofer, porque ese personaje y desde el momento de la llegada, se convertía en uno más de "los de la excursión" ya que hacía las visitas, y también llevaba bocadillo.

A partir de ahí, "el encuentro". Te veías con tus amigos (aún no eran colegas), como si hiciera años que no estabas con ellos. Porque el cambio de marco era determinante. Empezaban los chistes, las bromas, e incluso aquella maldita crueldad con los débiles... El sueño era solo cuestión de la vuelta. A la ida solo nervios e ilusión.

El bocadillo era una cuestión importantísima. No solo por comer fuera de casa, sino que representaba un grado de autonomía tal, que nos parecía no depender absolutamente de nadie y menos aún de nuestras madres. Ya a primera hora hubo que ir a la panadería y comprar un "richi" o una "viena", bueno... ¡o mejor dos! La tortilla era el complemento ideal, y puestos a hacer una tortilla y en aquellos años, complemento único. Es decir: si o si, dos bocadillos de tortilla. Entonces casi no había ni jamón; digamos que el jamón fue posterior. Y más posterior aún que hubiera dos tipos de jamones y entre ellos uno que se denominara "ibérico". Para nosotros, ese es un invento de los años 80.

Una pieza de fruta, una servilleta de cuadros, y unas onzas de chocolate en papel de plata, pero no de un rollo de los que llamamos "de albal", no... papel de plata que se cogía de la propia tableta. Cruzar los dedos, y esperar que llegara sin deshacerse. Solamente en algunos casos, tu madre te podía poner alguna golosina. Quizá un palote, o unas pipas, o unas galletas María para acompañar al chocolate fundido que no había manera de despegar del papel de plata.

Casi siempre, una visita cultural, donde los "chistosos de turno" comenzaban a hacerse notar con un atrevimiento a veces, temerario. Poca atención, mucha risa, y sobre todo camaradería en su pura esencia. Una gozada. Y pronto, antes de lo que hubiéramos querido, la vuelta y la maldita idea de cantar "canciones de excursión" cuando a nosotros, la que nos gustaba era la de "los hermanos pinzones"...

Cansados, agotados, y con ganas de llegar a casa sin cometer un error fundamental: no haberlo comido todo, porque si te sobró algo, en aquellos tiempos, ese "algo" iba a ser tu cena...