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Comercio con encanto

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Caballon

Son los de toda la vida... Comercios "con encanto" o comercios encantadores.

Encantador era para los niños aquel "caballón" que vestía el alto escaparate de la guarnicionería de Recalde. Era un recurso fantástico para mi abuelo llevarme a ver aquel caballo que por muy disecado que estuviera, tenía vida, porque sus ojos eran de verdad por mucho de que nos quisieran convencer de que no era así.

Eran comercios que conseguían que las familias se pararan en sus escaparates en un alarde de marketing de otras décadas. En la calle ancha, había un escaparate lleno de pollitos que se hacinaban entre virutas de madera. Calentitos, blandos, suaves... a la luz de un bombilla roja de la que podíamos percibir el calor desde la calle.

Otros comercios de aquella época, nos atrapaban por cómo presentaban las golosinas. En los Ázcarate, o en los ultramarinos de Herreros, aquellos caramelos y chicles "de bola", llenaban los grandes tarros de cristal con una brillante tapa redonda, roscada y de hoja de lata que nos encantaba ver cómo las dependientas abrían. De aquellos comercios de ultramarinos, resulta también difícil olvidar las inmensas "bacaladas" que colgaban de ganchos viejos y raídos por el salitre de los años. También era de recordar aquellos depósitos con un émbolo que servían para dispensar aceite de oliva a granel. Y serrín. Serrín por el suelo especialmente los días de lluvia.

En la calle Consolación, la familia Berrazueta tenía su tienda de piensos y semillas con aquellos sacos de yute en la calle. Las alubias, las lentejas, el alpiste y posteriormente los pellets de pienso compuesto, estaban siempre presididos por una gran pala de aluminio, cuya capacidad era una "medida perfecta" de granel. Dos paladas y un poco y... ¡Clavado! Un kilo y cuarto.

En la calle Ruiz Tagle, dos paraísos de los tejidos: Lorenzo y Pepe Ruiz. Aquellos "rollos" de telas cuyo eje-soporte central de cartón, tenía siempre en su canto, escrito a tiza, el precio por metro, y un símbolo que indicaba si era o no, "de doble ancho". Segundas generaciones, dieron a estos comercios una segunda oportunidad, una segunda vida. Mi amigo Geni Alcalde, precursor de tantas cosas, fue capaz de cambiar aquel rollo de los rollos, por un comercio más que innovador, de moda náutica que se inventó en los 90´.

Yo recuerdo también de una manera especial la relojería de Manuz en la calle José María Pereda, donde podía pasar horas viendo sus relojes de pared en el escaparate, y especialmente si acompañaba a mi padre y en el momento de estar en la tienda sonaban los carrillones de aquellas nobles maquinarias. Era un sonido tan profundo...
¿Y las ferreterías? Supongo que el lector estará conmigo en lo divertida que podía ser una ferretería. Vamos, que se vendan los clavos a peso, tiene tela... No era sino el adelanto de las modernas "teletiendas". Y es que... ¡te lo comprarías todo! Sin embargo, el maldito progreso y la concentración en los nuevos comercios de bricolaje, han dado al traste no solo con las ferreterías tradicionales, sino con todas; y si no, piense el lector cuántas ferreterías quedan en Torrelavega.

Las farmacias eran otro decorado de época con aquellas estanterías tan altas, de madera, probablemente apolilladas, y repletas de tarros de cerámica que ya entonces no eran de la época. De entre ellas, la de Molleda, en la confluencia de las calles Julián Ceballos, Consolación y San José. Siempre me hubiera gustado saber qué había detrás de las estanterías, donde siempre desaparecía el mancebo para volver con el preparado en un tarro con aquellas etiquetas tan peculiares, escritas a pluma estilográfica con caligarfía de "la de antes".

Difícil olvidar el almacén de El Coco en la Plazuela del Sol. Local amplio con un toque lúgubre y un olor a hollejo fermentado y emanaciones de alcohol barato. Bebidas a granel, garrafas y garrafones, embudos, y más serrín en el suelo. Y en época de caza, los lunes, exhibición sangrienta, cruel y presuntuosa, de jabalíes abatidos la víspera en Ucieda. Pánico infantil en aquellos colmillos y charcas de sangre.

Y sobreviviendo a todas, en la calle La Estrella, la tienda de los "niños jesuses" y sus figuritas de nacimiento donde se podía pasar cualquier niño una mañana entera. Nunca supe cómo se llama esa tienda porque simplemente era "la tienda de los niños jesuses". Es un milagro de esos pocos que aún es capaz de hacer la nostalgia, porque ni los tiempos, ni el progreso, ni las modas, permiten que locales así sobrevivan. Solamente la nostalgia lo hace.