Mié23082017

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El primer beso

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PrimerBeso

Podría llenar esta entrega de tópicos. El sabor del primer beso, las hormigas en el estómago, escondiéndonos en un portal... pero como el lector puede observar, parece que tan solo buscamos el título de una película de Summers, de un libro de Martín Vigil, o de una canción de Los Pecos.

Y es que en realidad la vida salía al encuentro. O quizá mejor... nos encontrábamos con la vida, porque era ella la que nos asaltaba cada día con una novedad, y aquel día especialmente, cuando descubrimos a "las chavalas" (el autor solicita la licencia para que el término "las chavalas" sea leído en su contexto, y no pueda ser tachado ni de ordinario, ni de machista).

Mi primer recuerdo de "las chavalas" se ubicaba temporalmente en los doce años, y espacialmente en la Plaza Mayor. Se trataba de jugar al "pescar" y quedarse a vigilar. Digamos que se producía el primer contacto con la solidaridad masculina, y se trazaba un perfecto plan para que "la chavala" fuera pescada mientras que el sujeto activo cumplía su turno de vigilar. El resto del equipo masculino, demoraría en la medida de lo posible, el hacer una nueva prisionera. Digamos que se trataba de una gestión bélica de la intimidad.

A partir de ahí, descubrías quizá todo lo más inocente de la relación entre un hombre y una mujer. Como miraba, como sonreía, como se explicaba... Y te fascinaba. Hasta entonces solo te habías sentido fascinado por las historias de tus amigos más mayores, por alguna bicicleta, o por alguna película... Ahora, te fascinaba una mirada, una sonrisa o un gesto. ¿Qué me está pasando?

El siguiente salto, tenía que ser "el-pri-mer-be-so"... y eso, en Torrelavega, y mediados los años 70', pasaba necesariamente en el parque. El Parque de Don Manuel Barquín, tenía dos zonas perfectamente diferenciadas: la que limitaba con el parque infantil, y la que estaba presidida por el busto de... curioso, nunca supe quien era la persona representada en ese busto. Bueno, llamémosla la "zona del primer beso". Más oscura, más íntima, menos vigilada...

El primer beso era el banderazo de salida. Digamos que constituía una licencia tácita para poder acceder al mundo del ligoteo. Acababas de ser gratificado con un papel en el nuevo capítulo que empezaba en tu vida.

Era importante poder contarlo. Aunque el propósito era firme de solo contárselo a los que eran tus mejores amigos, y aún a pesar de habérselo prometido a la protagonista femenina, al final se lo contabas a todo el que podías, porque era un valor adquirido en tu vida del que necesariamente tenías que presumir. Del conjunto de personas que configura el concepto "todo el que podías", por supuesto, extraías a tus padres, ya que un inexplicable pudor, probablemente fruto de nuestra educación, impedía de raíz, hablar con tus padres de tus amoríos, y más aún de la constatación de tu primer beso.

Al legar al Bachillerato, entonces BUP, y en conexión con la instrumentación de los recursos financieros de los viajes de estudios, aparecía un nuevo hábitat para el desarrollo de las artes del ligoteo: las discotecas. Horas y horas en el Saja, en el Regio, en el Matius, y en el local de la OJE y sus fiestas. También la Sala Altamira.

Horas y horas esperando aquel momento mágico, en que se "bajaban las luces", y empezaba a sonar "Stay" de Jackson Brown, "El Jardín Prohibido" de Sandro Giacobe o "Como dos niños" del grupo Collage. Cuidado con "Bella sin alma" de Manolo Otero, y mucho más cuidado aún con "Je t´aime moi non plus" de Jane Birkin... Nunca lo dudé: era pecado escuchar esa canción; bailarla era una bendición.

Se trataba de, mirando el reloj, saber que se acercaba el cambio de música. Entonces, había que localizar a la chica para no correr el riesgo de que nadie se adelantara. Acercarse y preguntar: "¿Bailas?". Lo juro. Solo con ver la cara de ella (cuando se veía), ya sabías si el baile iba a ser fructífero o no. Después, todo pasaba por arrimar la cara, y si ella también la arrimaba, entonces todo era cuestión de "apretar" un poco. Todo ello, y necesito que los más jóvenes me creáis, envuelto en un halo de nervios, emoción, ilusión y de verdad, mucha candidez. Tengo un recuerdo muy agradable de aquellos momentos.

A partir de ahí, lo siguiente era "echarse novia", intentar alejarse lo menos posible de los amigotes, días de cine, de pipas y de paseos. Hacernos mayores. Pero éramos muy felices. El resto, ya lo conocéis. Mi maravilloso ídolo Joaquín Sabina, acabaría esta entrega con su frase: "algunos matrimonios acaban bien; otros duran toda la vida..." Puro sarcasmo de hoy en día. Pero aquello... aquello... era distinto.