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El Bosque de las Tejas y la Cueva de Hornos de la Peña

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Partiendo del barrio de Tarriba, en la localidad de San Felices de Buelna, podemos acercarnos a uno de los más bellos de entre los escasos bosques que nos quedan en la cuenca del Besaya. Crece en la llamada valleja de las Tejas, que da nombre también al monte, en cuya entrada se encuentra una de las joyas más desconocidas del arte rupestre cantábrico.

La visita a este paraje se inicia desde el pueblo (o barrio) de Tarriba, que ha de atravesarse por completo para seguir por una pista asfaltada que se dirige hacia el monte. Esta pista va atravesando un paisaje cada vez menos "humanizado" y más natural hasta que, a menos de dos kilómetros del pueblo, nos encontramos con un sendero (señalizado) que asciende por la izquierda hacia una pared rocosa de la montaña en cuya base nos vamos a encontrar con un gran abrigo rocoso bajo el cual se abre la Cueva de Hornos de la Peña.

 

Al interior sólo puede accederse en grupos de cuatro personas y concertando la visita en la Consejería de Cultura. Restricciones que tienen por objeto proteger su gran cantidad de pinturas, en las que aparecen animales muy diversos: cabras salvajes, rebecos, ciervos, uros, caballos, bisontes, renos, además de criaturas serpentiformes y otra mixta de animal-humano. Es una de las más amplias muestras de animales del paleolítico pintadas en una cueva de Europa.

 

Se sabe que esta cueva, abierta al sur y bien protegida, fue hogar de los últimos neandertales de Cantabria, hace casi 30.000 años, dos culturas distintas de Homo sapiens primitivos (Hombres de Cro Magnon más antiguos y otros contemporáneos de Altamira) y por gentes de la Edad del Cobre. Desde la propia boca de la misma, uno se siente transportado en el tiempo imaginando a los primeros pobladores de la comarca controlando desde este privilegiado lugar los movimientos de los animales de caza que vivían antiguamente en el valle.

Tras este fugaz "viaje al pasado", continuaremos nuestro camino siguiendo la pista que se introduce por la valleja del arroyo de las Tejas, apareciendo poco a poca el bosque cada vez más frondoso. Podemos admirar el cambio que está produciéndose en la vegetación, durante esta época, con los árboles tomando los colores de otoño, que preceden a la caída de las hojas.

Siguiendo arroyo arriba por la pista principal, sin coger los senderos laterales que ascienden por las laderas, y cruzando un par de puentes sobre el río, alcanzaremos un pequeño refugio situado en una zona de descanso abierta en mitad del bosque. El paraje es apropiado para hacer un descanso disfrutando del panorama que nos rodea, lleno de árboles de diferentes especies y con el río materialmente encajonado entre densas hileras de avellanos.

Desde este lugar la pista continúa un kilómetro y medio más para salvar el arroyo en una amplia curva hacia la izquierda, a partir de la cual comenzamos a ascender poco a poco la ladera del monte, disfrutando cada vez de mejores vistas sobre el bosque, poblado de robles en las zonas más bajas o soleadas y en las altas y umbrías cubierto por las majestuosas hayas.

Saliendo por la zona superior del bosque, un sendero que se abre a nuestra izquierda nos invita a dejar la pista principal (se dirige a unos pastos y pinares de cultivo de escaso interés) para descender hacia la pista en las proximidades del refugio que ya conocemos, y desde donde podemos regresar al punto de partida. Con seguridad, el magnífico bosque y la cueva prehistórica no habrán dejado indiferentes a los visitantes, tentándolos a conocerlo en otros momentos del año en que muestra aspecto y colores bien diferentes.