Dom16012022

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Cuatro Caminos II

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En la anterior entrega, recorrimos los recuerdos más próximos al cruce de "Cuatro Caminos"; hoy vamos a revivir sus alrededores, lo que actualmente se ha dado en llamar Barrio de Quebrantada.

Sin embargo, nuestro relato de hoy parte recordando el punto absolutamente central del Barrio de Cuatro Caminos, que no es otro sino el "semaforillo" que colgaba en el centro del cruce sustentado por cuatro cables, que en diagonal, señalaban irremisiblemente la posición del "Guardia de Cuatro Caminos". Horas de Ángel Quintanilla, bailando el tráfico de la ciudad... Era un semáforo tan humilde que solo tenía un color y tan humano, que su único aviso era un parpadeo. Alguien me cuenta que, siendo Acalde Javier Marcano, decidió eliminar ese semáforo como prueba irrefutable del salto de ese cruce a su nueva vida. Con la entrada en funcionamiento de la circunvalación de Torrelavega y la del Boulevard Ronda, Cuatro Caminos dejó de ser irremediable, para pasar a ser una zona de tránsito tan vulgar como razonable y moderna. Casi del siglo XXI...

En nuestra foto, Agencia Posada. Perfecta combinación de puesta a punto con punto de carga, aglutinando mecánicos y transportistas, ruedas y calendarios... "de los de antes". Más adelante, el Garaje Nereo en construcción. Abierto 24 horas y atentamente vigilado por un ratonero mezcla de schnauzer y foxterrier del que resulta imposible definir su color aunque es seguro que era oscuro como la grasa: el "barbas". Ese garaje nunca tuvo ratones.

Un poquito después, la calle de Lasaga Larreta, Don Gregorio escritor costumbrista torrelaveguense, nacido en Viérnoles en 1.839. Hacia la Estación de Feve, la Cooperativa de Solvay (ya mencionada), Herfa, comercio absolutamente innovador para la época. Mesón Cántabro, con el amigo Ramón al frente. No había fin de curso del Instituto Besaya que no se celebrara en el Mesón Cántabro: Jamón, chorizo, tortilla, y chuleta de cerdo con patatas y pimientos; flan, Castillo de las Arenas y Revoltosa... ¡¡¡100 pesetas!!!
Hacia el Colegio Cervantes, siempre Escuelas del Oeste, Motos Aresti con ese escaparate en el que profesé todo mi amor a mi primera novia: la Vespino GTL de asiento corrido, sin cesta delante; eso era para las chicas, que entonces sí que eran las más audaces. Después había un almacén de tableros de madera donde cambiábamos tebeos con Sepi y con Vicente, que siempre tenían los últimos números. En la misma acera, otro economato: el de La Mina, precisamente en los bajos de las casas en las que vivían los empleados de Asturiana de Zinc. ¡Qué envidia! Tenían "su propia calle" para jugar, porque entonces, se jugaba en la calle. ¿Dónde vas?... a la calle, a jugar...

En la acera de la derecha, los bajos del 26 con su oficina de piensos y sus delicadas cristaleras. Tuve la desdicha de romper uno de aquellos cristales con un patín. Y después, "la obra". Ese solar siempre estaba en obras, con lo divertido que era entonces un solar en obras. Cuántos riesgos, pero cuantas cosas para descubrir. Esa era la frase: ¿Dónde vas?... a la obra, a jugar a la calle...

Al final, la serrería de Diego con sus feroces perros y al frente de todos "Jacobo" y tal cual, Las Escuelas del Oeste. Con Doña Covadonga, Don Francisco y Doña Pilar al frente. Pero de los Colegios, hablaremos más adelante...

Primera entrega