Pero... que sean americanos...

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Levis

No éramos todos iguales. Y además, éramos asquerosamente pijos, progres, y horteras.

Y me explico. Después de épocas de postguerra, nuestra generación y quizá aún más alguna anterior pero muy próxima a la nuestra, empezábamos a acomodarnos en una sociedad económicamente más relajada, y como tal, la ropa y la forma de vestirnos comenzaba a tener una cierta preponderancia en nuestra vida. "Una cierta", no. Mucha.

Y ya lo dije en la primera frase de esta entrega: pijos, progres y horteras. Curiosamente, aunque cada uno nos hubiéramos encasillado en alguno de estos tres grupos, todos hemos pasado en algún momento, y en mayor o menor grado, por cada uno de ellos. No es menos cierto, que el grado de consciencia tampoco es el mismo, ya que el que quería ser pijo lo era, el que quería ser progre lo era, pero al hortera le venía impuesto por sus circunstancias. Es decir: nadie es hortera porque quiera serlo, sino más bien y en aquellos años, por una maldita abducción de Tony Manero y las discotecas, en su vida.

 

Para los pijos, y en orden ascendente, zapatos castellanos y a poder ser, de Rodil. Aunque ahora lo negarían, aquellos zapatos cobijaban sin piedad unos calcetines blancos (si, blancos) de tenis con imprescindible raya azul y raya roja. Pantalones vaqueros Levi´s, de etiqueta roja y pata estrecha. Por supuesto, americanos. Como mucho, valían los que se traían de Francia. En Torrelavega, los auténticos solo los vendía Ferpo. Por suerte, y a diferencia de los jóvenes de hoy en día, la marca, el color o la forma de los calzoncillos era absolutamente intrascendente, ya que nunca se enseñaban; ni por llevar pantalones "cagaos", ni por bajarnos los pantalones al tener un trago de más. Camisa blanca o polo de Lacoste, y jersey de pico, de Pulligan. En invierno, un abrigo loden austriaco, aviaba la faena.

Para los progres, el inicio era mucho más rural. Unas buenas chirucas sabían proteger bien los pies del ínclito. Pantalón de pana que podía ser también Levi´s pero se le arrancaba la etiqueta más que nada para no evidenciarse. Camisa de cuadros, "de leñador", que venía llamándose, y cuanto más rústica mejor. Una camisa de cuello "Mao", también cubría el expediente. El jersey lo hacía mamá, de lana gorda y con dos rayas horizontales: la superior blanca y la inferior roja. Estábamos comenzando a reivindicar Cantabria, cuando ésta aún no era infinita. Y para los días fríos, dos variantes: bien un anorak que curiosamente era reversible con una lado azul marino y el interior granate, pero granate proletario, o una pelliza y a poder ser, bien gastada y con el borregillo bien "sobao", para ser auténtica sin reparos.

¿Y los horteras? Qué difícil de explicar, madre... En aquella época, lo hortera encajaba directamente con lo impersonal. Zapatos difícilmente explicables a los que se le atribuía su condición de hortera por su escaso precio, o sus materiales plásticos, o más probablemente por el lugar donde se habían comprado. "Eso, lo llevan los de los pueblos"...

Así, exactamente, era como nosotros éramos de tontos, y especialmente en agravio comparativo con los progres, ya que sin duda, más baratas eran las chirucas, y mucho más humildes sus materiales... Pero si que es cierto que los pantalones de pata ancha (estilo sesentas), o las camisas de cuellos grandes, o un buen jersey de "pata de gallo", eran compañeros inseparables del buen hortera. Él siempre orgulloso, fuerte y discotequero, no vestía prenda de abrigo, porque era un tipo duro y siempre sudaba de tanto bailar los grandes éxitos de Grease y Fiebre del Sábado Noche.

No éramos todos iguales, pero el tiempo nos fue arrimando, y todos pasamos por alguno de los colectivos en alguno de los momentos de nuestra vida, y siempre pensando que éramos los más listos, los más guapos, y los más ligones.