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Desde el gallinero

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Cine


Cinco duros...

Veinticinco pesetas era lo que costaba aquella entrada verde, mal cortada y mal impresa, con su número de fila y su número de butaca, y con su fecha puesta con un sello.

Pero encerraba una aventura en la que la pantalla, la oscuridad y las pipas, ayudadas por la linterna del acomodador, te iban a introducir durante hora y media en la mejor de las aventuras. Porque entonces las películas duraban una hora y media, y no como ahora, que duran dos y tres horas, y les sobra todo lo que no sea su hora y media; lo que mandan los cánones.

Los martes ya ponían los afiches y alguna fotografía de las escenas en las vitrinas de las columnas de los portalones. Entre las fotografías, unos cartelitos acribillados por las secuelas de las chinchetas, con el día y los horarios, e incluso otro que decía "Sesión Numerada". Y en la parte superior de cada vitrina, el nombre del cine, porque entonces en Torrelavega había varios cines. Si, si... seguro... no me lo invento. Yo el Principal no lo conocí, pero si el Garcilaso, el Avenida y el Concha Espina (que ilustra esta entrega). Posteriormente los Arlequines abrieron una nueva época en las salas de proyección: los multicines (creo que merecían esta denominación porque era dos salas), y el cine Pereda aportó el salto a una nueva época "dolbisurroun".

Conviviendo con todos ellos, y ya mencionado en otras ocasiones, el cine club Besaya. Gracias César; creaste una generación para el cine, con espectadores expectantes, y especiales.

Y hasta nuestros días, para morir de un maldito dolor de espalda en la sala de proyección de la Casa de Cultura, donde la calidad de la proyección se mide por el grado de incomodidad que se percibe en la butaca. Por favor, no se observe tono de queja, no vaya a ser que nos lo quiten...

Pero ir al cine al Concha Espina era especial de verdad. Como decíamos ayer, había que pasar el martes a ver si había cambiado la "cartelera" y proyectar entonces nuestra cita con el cine. La película que daban no era decisiva como ahora. Se iba al cine el sábado o el domingo, si o si. Entre otras cosas, porque no había mucho más que hacer. Pero para definir la jornada cinéfila, hacía falta saber quienes iban y a qué sesión, y especialmente las chavalas, porque el cine... jajaaaa... el cine... era el espacio físico donde ayudados por la oscuridad y por su predisponibilidad (sé que esta palabra no existe, pero me resultaba imprescindible), éramos capaces de arrimarnos a las chicas y ver si caía algo...

Otras veces, la cita era con la peli, y con los amigos. Entonces tocaba hacer el gamberro. Si ibas al gallinero, realizabas un intenso homenaje a Newton y su Ley de la Gravedad, y los de abajo indignados. Llamadas indiscriminadas al acomodador... "... acojonador !!! que me violan!!!..." Jajajjajajja !!!!! Cuanto más gamberreabas (esta tampoco existe), mas machote eras y más admiración despertabas entre tus iguales. Y sintiendo la grosería de la que me disculpo por anticipado, tengo que decir que ninguno de los genios de la comedia en la gran pantalla, consiguieron mejorar los efectos lúdicos y divertidos de un buen pedo... Hay cosas en la vida que para reírse son inmejorables, y entre ellas, las caídas y los pedos. Sin duda.

Primero los anuncios, y luego los trailers, en los que eras capaz de ver tu futuro en diez minutos y para las próximas cinco semanas. Nunca sabré cual es la magia por la que las películas siempre son magníficas en los trailers. Las vería todas. Dos intermedios: uno antes de la película, y otro a la mitad. Y siempre alguna avería: el sonido, el cambio de rollo, y la caída de la luz. Maravilloso efecto visual cuando se bloqueaba el paso del film y se quemaba la imagen llevándose por delante a galanes, bandidos, indios y piratas...

Repertorio de golosinas, de bromas, de júbilo y diversión garantizada. Tarde de amigos, de ilusión y de imaginación. Movirecord, Ízaro Films, Bud Spencer, la Isla del Tesoro y Sandokan, Quinto de Caballería, Siux y revólveres... Tarde de Cine.

THE END