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De Don Demetrio a Míster Lincoln (Con escala en el Puerto de Santander)

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InstitutoBesaya

Haré un esfuerzo.

Si te preguntaran cuál es la diferencia de tu época de estudiante, con tu madurez de 50 años cuando estás delante de un papel, la respuesta sería sin duda que "entonces" te faltaban contenidos para cumplir con la extensión que tu profesor esperaba, y ahora te sobran contenidos para cumplir con la limitación de papel que te impone quien te invita a colaborar...

Esa es la diferencia. Cuando llegas a los cincuenta años, te das cuenta de que has llenado la mochila de vivencias, de experiencias, de conocimiento, de errores, de éxitos, de fracasos, de vitaminas del día a día.

De eso voy a escribir; de cómo llené mi mochila, y de qué cosas me dio en Instituto Besaya entre el año 1976 y 1980. Agradezco a Fernando Palacio la posibilidad de colaborar en la revista del centro con esta humilde aportación, y agradezco que haya depositado su confianza en mí para intentar plasmar en un papel, cómo considero yo que el Instituto Besaya influyó en mi vida profesional, y por supuesto en mi vida privada.

 

Aquellos cuatro años, quiero recordar que en su totalidad (la memoria ya no es la misma), coincidí con Don Demetrio Cascón como Director del Centro, y con César Rosino en la Jefatura de Estudios. Dos personas claves en mi formación. Posteriormente, y cursando mis estudios de Magisterio en la Escuela Normal de Santander, coincidí otros tres años con Demetrio también como Director. Ambos lideraban un equipo de profesorado excepcional, que supo orientarnos a todos perfectamente en nuestro futuro, que consiguió que aquella promoción aprobará la maldita selectividad al cien por cien, y sobre todo, que nos inculcó unos valores y nos ordenó su escala, con una sensibilidad y una coherencia que se impregnó en todos nosotros con una eficacia que hoy, sería inconcebible.

El Instituto Besaya de aquella época, además de aportarnos incuestionablemente los conocimientos y conceptos amplios y concretos de las disciplinas del bachiller, nos acompañó en el camino de la transición política de España y lo hizo con objetividad y con el positivismo que permitió que con el paso del tiempo, los alumnos de aquella época hayamos emprendido caminos muy diversos y sobre todo, pensemos, opinemos y ejerzamos, de ciudadanos de diversas ideologías, pero todos conscientes de cuánto nos costó alcanzar la libertad de la que nuestro país disfruta hoy en día. Y por eso la valoramos más. Nada se conoce mejor como lo que se aprende y nada se defiende mejor como lo que se comprende. Ahí, estuvo el Besaya...

Recuerdo que en la conflictividad de la reforma educativa del año 78, desde el Instituto Besaya, conseguimos paralizar toda la estructura educativa de Cantabria. No me siento orgulloso de aquello, no. Me siento orgulloso de que además de aquella movilización, fuimos capaces de recorrer el texto del proyecto legislativo de principio a fin, y después de muchas horas y días, redactar una "enmienda a la totalidad" que coordinamos con otras regiones, y que en conjunto conseguimos avalar con 500.000 firmas y enviarla al Congreso de los Diputados. Teníamos 17 años...

Cine Club Besaya. Casi nada... Hablamos de un proyecto, que liderado por César Rosino, consiguió que nuestra generación llegara a la mayoría de edad con un conocimiento de la historia del cine que la mayoría de la gente no adquirirá jamás. Con 17 años conocíamos el cine de Buñuel, vimos "El Acorazado Potemkim", cuando aún estaba prohibida (qué morbo).

Sobre esa película, hice yo un trabajo en "Critica Literaria" en la Universidad de Deusto, con 19 años, que me sirvió para aprobar la asignatura "puro" de aquel año. Aún lo conservo.

Vimos cine del mejor, del que forma parte de la Historia. "Último Tango en París", "El Golpe", "Con Faldas y a lo Loco"... Y entendimos el cine; su importancia, su influencia, su plástica y su mensaje. Sus luces y sus sombras, y su función social. Teníamos 15 años, y el Besaya estaba ahí... Gracias César!

Grandes profesores de Literatura, estrictos, cabales... Nos acercaron a los maestros del 98 y a los enormes del 27... pero sobre todo, nos acercaron a comprender la obra literaria. A comentarla. A disfrutarla... Gracias a Jesús Lázaro!

Otros consiguieron que disfrutáramos con el latín, y que jugáramos con él como quien entonces hacía un crucigrama, y hoy hace un sudoku. Supimos cómo de importante es aquella lengua y como nos enseña a manejar con destreza la nuestra. Además, y a la vez, nos hablaron de los anarquistas que también hicieron la historia del mundo. Pero nunca nos intentaron adoctrinar, sino que su principio era darnos las bases para que fuéramos capaces de diseñar nuestros criterios. Él siempre nos decía: "el principio del anarquismo no es que cada uno haga lo que quiera, sino que cada uno haga lo que debe". Nunca olvidaré esa frase. Gracias Rúa!

Anamari Concejo, Doña Paquita, Aurorín Canales, Cordera, Suceso... tantos... Y los que me olvido, que son más; otra vez la maldita memoria. Todos nos ayudaron a que nuestros ojos fueran redondos y vieran en 360 grados, sin limitar nuestras perspectivas. Todos nos dieron las bases de entender el conocimiento. Aprendimos descubriendo y nos enseñaron que hay más caminos. Nos llenaron la mochila.

¿Pero por qué sucedió eso? Nadie es mejor que nadie. Tres décadas no hacen a nadie distinto de nadie. Los tiempos eran convulsos, pero también lo son ahora. Nuestros jóvenes, y yo tengo dos en casa, no son peores que nosotros. Solo por dar un dato: fumábamos en clase... ea! Fuimos una generación castigada por la droga; la más dura... la que mataba. Y sin embargo, todos coincidimos en que nos sentimos orgullosos de aquella época y de nosotros mismos.

Yo creo que el mérito fue que aquellos formadores (y he dicho formadores) nos ayudaron a llenar la mochila, y nos pudieron en la vida como un animal que lanza a su cría al aire, pero lo hicieron con la profesionalidad y la responsabilidad a la que obligaba su vocación. La enseñanza y la formación (y he dicho formación) son y solo pueden ser vocacionales. Y cuando hoy en día fracasamos como dicen algunas citas, es porque la sociedad no es sensible a estos principios. Y los alumnos quizá no ayuden, sus padres tampoco, pero los enseñantes y los estadistas (me da repelús mencionar a los políticos, aunque es lo que he querido decir) debieran pensar que su responsabilidad es inmensa, y que debe responder a una escala de valores y a su implantación en la personalidad del discente. Que tienen que llenar su mochila para una vida, que es muy larga y que tiene muchas cosas que ver, que aprender, que compartir, y que disfrutar. Porque así se es feliz: viendo, aprendiendo, compartiendo, y disfrutando. Para eso hace falta tener los ojos funcionando en 360 grados, sentir la necesidad de entender nuestro entorno, viviendo en sociedad y en familia, disfrutando de nuestros amigos, de la naturaleza, y de la riqueza humana que expresa la Cultura (con mayúsculas).

Yo estudié dos años de filología inglesa. Posteriormente hice Magisterio. Y salvo alguna colaboración puntual con la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, mi trabajo y mi desarrollo profesional, ha tenido que ver con el comercio internacional, con el transporte marítimo, y con el Puerto de Santander. Y siempre la gente me ha dicho: tu formación académica no ha servido para nada. Pues no! Todo sirve. El paso por un colectivo de alumnos y profesores como fue el Besaya en aquella época, el paso por la universidad, por la privada, por la pública, me ayudó a llenar mi mochila y a ver el mundo con otros ojos, ávidos y conocedores. Y eso lo he sentido muchas veces. La última vez viendo una joya de la historia del cine, que nació hace unos meses: "Lincoln".

¡ Gracias César !

*Texto publicado por Víctor Conde en la revista conmemorativa del 40 aniversario del Instituto Besaya de Torrelavega, por iniciativa de Fernando Palacio.